

HISTORIA DE UNA CORRERÍA
ESTEBAN DOMÍNGUEZ
Salimos a buscar el amor de Charlina. Los que nos embarcamos en tan ardua empresa sabíamos de los riesgos y del tiempo a invertir para lograr nuestro objetivo. No lo premeditamos, incluso ni sabíamos cómo se iba a desarrollar esta empresa, muy parecida a una cacería. Creo que nadie lo pensó dos veces en dejar las comodidades del hogar. De pronto sucedió, como suceden las grandes historias que algún día han de consagrarse en los libros eternos. Entonces no habría ni qué pensarlo, sólo dejar la comodidad y lanzarse. Charlina era una hembra para no olvidar. Y de hecho esta historia es digna de escribirse porque una de las crías producto de aquellas tres noches de amor con Charlina, salvó a una familia en un sonado incendio en la ciudad. Cuando yo llegué a la fiesta, por llamarla de algún modo, ya estaban tres de mis conocidos haciendo la ronda a esa preciosidad, la tenían rodeada y se relamían los labios y hasta babeaban, se los juro. Canito, Rudy, Mocho, los inseparables amigos. Altos y rudos como suelen ser los de su calaña. Callejeros eternos mostraban sin pudor alguno su deseo de quedarse con la prenda. No me dijeron nada, ni si quiera me gruñeron como es su costumbre, pero sentí que no era bienvenido del todo. Cuando se unieron el chapito Trop y el Canelo, fue cuando se definió nuestro grupo teniendo como centro y razón de ser a la bella Charlina. Todos la conocíamos pero nunca hubiéramos creído que bajo aquella figura más bien insignificante, surgía como una flor, aquel portento de dulzura y amor. De pronto la chiquilla que veíamos pasar, sin sombra casi, estaba ahí despertándonos los más soterrados instintos y anhelos de posesión. Recuerdo la piel erizada y mi lengua deshecha en agua, mi sexo creciendo en forma descontrolada, sin obedecer a ninguna de mis órdenes de control, nada. Días después varios de los asistentes a la correría me comentaron que sintieron lo mismo. Me hubiera gustado ser el primero en la vida amorosa de la Charlina, pero no lo fui. El ganón fue precisamente Rudy, que era el más alto de todos. Fue una escaramuza larga, complicada porque ella era una niña casi y hubo que forcejear bastante antes de rendirse al amor. Todos terminamos con grandes mordiscos, el chapito Trop, sin una oreja, Canito con una fractura en la pierna. La Charlina fue la única intacta, aunque no del todo porque en esas noches dejó de ser señorita. El Rudy tuvo toda la paciencia del mundo, fue hasta la noche del primer día en que logró su objetivo mientras que todos le hacíamos la ronda. Antes nos habíamos peleado todos contra todos hasta que el Rudy se nos fue imponiendo. Cuando al fin logró la posesión de la prenda, fue doloroso para ambos pero al final ahí estaban, gozosos y nosotros ahí nomás milando, qué más podríamos hacer. Además, sabíamos que apenas era el comienzo y ya llegaría el turno de cada quién. Más adelante el Rudy volvería a la carga, pero antes les tocó el turno a Trop, Mocho y Canelo, a mí, Canito, Rudy nuevamente. Cada uno se afanó bastante, como si presintiéramos que estábamos procreando al futuro héroe.
ESTEBAN DOMÍNGUEZ
Salimos a buscar el amor de Charlina. Los que nos embarcamos en tan ardua empresa sabíamos de los riesgos y del tiempo a invertir para lograr nuestro objetivo. No lo premeditamos, incluso ni sabíamos cómo se iba a desarrollar esta empresa, muy parecida a una cacería. Creo que nadie lo pensó dos veces en dejar las comodidades del hogar. De pronto sucedió, como suceden las grandes historias que algún día han de consagrarse en los libros eternos. Entonces no habría ni qué pensarlo, sólo dejar la comodidad y lanzarse. Charlina era una hembra para no olvidar. Y de hecho esta historia es digna de escribirse porque una de las crías producto de aquellas tres noches de amor con Charlina, salvó a una familia en un sonado incendio en la ciudad. Cuando yo llegué a la fiesta, por llamarla de algún modo, ya estaban tres de mis conocidos haciendo la ronda a esa preciosidad, la tenían rodeada y se relamían los labios y hasta babeaban, se los juro. Canito, Rudy, Mocho, los inseparables amigos. Altos y rudos como suelen ser los de su calaña. Callejeros eternos mostraban sin pudor alguno su deseo de quedarse con la prenda. No me dijeron nada, ni si quiera me gruñeron como es su costumbre, pero sentí que no era bienvenido del todo. Cuando se unieron el chapito Trop y el Canelo, fue cuando se definió nuestro grupo teniendo como centro y razón de ser a la bella Charlina. Todos la conocíamos pero nunca hubiéramos creído que bajo aquella figura más bien insignificante, surgía como una flor, aquel portento de dulzura y amor. De pronto la chiquilla que veíamos pasar, sin sombra casi, estaba ahí despertándonos los más soterrados instintos y anhelos de posesión. Recuerdo la piel erizada y mi lengua deshecha en agua, mi sexo creciendo en forma descontrolada, sin obedecer a ninguna de mis órdenes de control, nada. Días después varios de los asistentes a la correría me comentaron que sintieron lo mismo. Me hubiera gustado ser el primero en la vida amorosa de la Charlina, pero no lo fui. El ganón fue precisamente Rudy, que era el más alto de todos. Fue una escaramuza larga, complicada porque ella era una niña casi y hubo que forcejear bastante antes de rendirse al amor. Todos terminamos con grandes mordiscos, el chapito Trop, sin una oreja, Canito con una fractura en la pierna. La Charlina fue la única intacta, aunque no del todo porque en esas noches dejó de ser señorita. El Rudy tuvo toda la paciencia del mundo, fue hasta la noche del primer día en que logró su objetivo mientras que todos le hacíamos la ronda. Antes nos habíamos peleado todos contra todos hasta que el Rudy se nos fue imponiendo. Cuando al fin logró la posesión de la prenda, fue doloroso para ambos pero al final ahí estaban, gozosos y nosotros ahí nomás milando, qué más podríamos hacer. Además, sabíamos que apenas era el comienzo y ya llegaría el turno de cada quién. Más adelante el Rudy volvería a la carga, pero antes les tocó el turno a Trop, Mocho y Canelo, a mí, Canito, Rudy nuevamente. Cada uno se afanó bastante, como si presintiéramos que estábamos procreando al futuro héroe.
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