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4 de mayo de 2008

EL CUENTO SEMANAL 17

CONSEJOS DE MAMÁ
ESTEBAN DOMINGUEZ
Mi mamá está loca.
Desde que salí de la primaria y durante todas las vacaciones no paró con el cuento de que en la secundaria tenía que ponerme abusado y no sacar bajas calificaciones y que los maestros son muy estrictos y “te vas a portar muy bien, seriecito” y vas andar siempre por la derecha y luego me sacaba a colación a mis primos que se la llevan siempre de pinta y desperdician el tiempo, siempre en la esquina del barrio,
-míralos ahí, fumando como si ya fueran grandes y eso pasa porque su papá se fue de la casa con otra y la Chofi ni atención les pone, ahí se la lleva metiendo hombres a su casa…Pero tú vas a ser distinto y si sacas bien la secundaria vas asegurándote una buena educación, mi hijo, porque tú debes sacar a la familia adelante.
Ya sabrán cómo me la pasé en las vacaciones, no me dejaba ni que viera las caricaturas desde la mañana o levantarme tarde o desvelarme o salir con los cuates, nomás me quería tener en la casa repasado los cuaderno y me compró un montón de libros que para nada les entendía y que son muy importantes y que ella los leyó todos cuando era una escuincla apenas. Y luego me mandaba a la biblioteca de la Casa de la Cultura.
Bueno, eso sí me gustó porque nada más me metía un rato a la sala de lectura a leer los periódicos y después me iba a un salón donde una maestra nos puso a hacer máscaras y piñatas de papel y a eso sí le entré con ganas. Además y, esto es lo más importante, conocí a Adriana que desde entonces se convirtió en el amor de mi vida. Era una chavita que también estaba en el mismo caso que yo, con mamá molestosa, y lista para dar el salto de la primaria a la secundaria.
Pero de esto sí que a mi mamá se le olvidó hablarme. No me dijo nada acerca de los noviazgos y la atracción que se le despierta a uno con la llegada de la adolescencia. Eso lo tuve que ir descubriendo ya en el segundo año. De todas formas ahí, con Adriana, empecé a dar mis primeros pasos en el terreno amoroso, aunque al final de esos encuentros a que nos obligaron nuestras madres, sólo nos dimos un beso en la mejilla.



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