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10 de febrero de 2008

EL CUENTO SEMANAL 5


NOTAS PARA UNA BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA
ESTEBAN DOMINGUEZ


Ahí estarás fumando como puta despechada a la puerta de tu casa, ¿dando el espectáculo, verdad? Es lo que te gusta hacer y lo haces siempre que hay oportunidad aunque a esta la pinten calva. Pero como digo yo, que hace cien años que te conozco, y te conozco bien, por todos lados porque fui tu primer…iba a decir tu primer hombre, pero lo más adecuado es decir, tu primer cliente porque bien que me cobraste, me acuerdo bien que éramos unos niños, éramos vecinos en la tierra lejana, vecinos de enfrente. Me acuerdo que te gustaba jugar al clásico papá y mamá, quien lo jugó no me dejará mentir, que así empiezan los juegos eróticos, quien no lo jugó luego no se queje de sus problemas sexuales en la adultez, o su memoria vacía como no la tendremos ni tú ni yo, menos tú, aunque dudo que la memoria te alcance para guardar tantos rostros de hombres que han pasado por tu cuerpo, unos cuantos por tu corazón, ese por ejemplo por el cual ahora estarás deshecha en llanto. Me cobraste un veinte de esos de cobre de antes y se me hizo mucho dinero y eso que nunca entendí porqué tenía qué dártelo, ¿acaso ese beso y esa revolcada en el fondo de tu patio valía tanto?. Me dices entre el moco y tus lágrimas que no debo de revolver las cenizas porque me puedo quemar, el pasado es una cosa fea, hay que irlo dejando tirado donde debe estar para que a nadie le haga daño. Y yo te digo que sí vale la pena porque así podemos comprender mejor este río de llanto que ya va por la esquina, por ahí o vieron saltar la acera, doblar a la derecha, perderse calle abajo. Una mujer siempre es un río, cuando se desborda no hay dique que lo detenga. Pero yo sé que tú eres más que eso y ese rodar como lo has hecho tú en la vida con el corazón, pero más, con las piernas abiertas, hace que sea imposible saber por dónde empezar a contar tu verdadera historia. Yo sólo sé contar la parte de tu historia, la que yo conozco, acompañada de unas notas recogidas en lagunas personas y completar con un poco de mi imaginación que es de cascos tan ligeros como los tuyos. Puedo empezar por ejemplo de cuando te fugaste con aquel hombre mayor que, afortunadamente, no se sabe para quién, te tuvo entre sus brazos y te brindó las primeras caricias de hombre, que tanto deseaste de chiquilla, pero él no tuvo el valor para ir más allá porque la policía le pisaba los talones y prefirió devolverte a los brazos de tu amada madre, sin haberte tocado más de lo necesario aunque tu sangre hervía como un volcán.
-Se la devuelvo, doña, está entera.
Se dio la vuelta y con toda tu rabia, lo viste partir, como se irían cada uno de los que te procuraran en el futuro. Pero tú ya no volviste a ser la chiquilla de los catorce años con la sangre alborotada, ahora te desbordabas a la menor provocación. En el aire del pueblo andaba tu perfume de mujer ardiente y los hombres de todas las edades sintieron el llamado. Por eso tu madre, tan preocupada te mandó con los parientes de la capital,
-tal vez ahí te calmas y aprendes a comportarte.
Como si fuera tan fácil, la mujer que es como tú eras, no hay quien la cambie, tu piel era una sola llama. (continuará)

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